EL SALTO DEL ÁNGEL
Hace muchos que Píntin Castellanos ingresó a la galería de personajes montevideanos que tipifican épocas irrescatables de nuestra querida ciuidad.
Cuando nosotros inaugurábamos la adolescencia, él ya era un hombre hecho y derecho: no imaganamos por entonces, que el destino resolvería enlazarnos en una sincerísima amistad que se inicio a principios de los ´40 y se conservó, intacta, hasta su desaparición. La diferencia de una docena de años que nos llevaba, se fue "acortando" con el tiempo hasta emparejarnos en una estrecha relación coincidente en gustos y hábitos, en una consustanciación de sentimientos y acciones que muchas veces nos juntaron en una velada familiar,una mesa de café, o un espectáculo teatral que demandó nuestra colaboración, cada uno en su esfera y ansiando afectuosamente el éxito del otro.
Allá por 1931, la novelería del primer receptor de radio instalado en el hogar nos mantenía "pegados" al aparato en buena parte del día, para escuchar a "los locos de la Carve y El Espectador": disfrutar de las actuaciones de Concepción Olona y Miguel Moya trasmitiendo por Radio Monte Carlo las mejores de obras del teatro universal; deleitarse con el desfile incesante de cantantores, cancionistas y orquestas típicas por diversas emisoras, y esperar las noticias de los informativos "pioneros" de CX. 14 que comenzaban con un inconfundible campanillazo seguido del "A toda hora. Rápido como la luz" que alertaab al oyente.
Dentro de ese rico caleidoscopio de atracciones, había otra que a menudo concitaba nuestra atención: era un programa que difundía CX 18 Difusora Colón, desde los estudios situados en la calle Lanús 5760 de la pintoresca villa. Allí, cada mediodía, la terna protagónica ofrecía interesantes motivos para corresponder a la deferencia de la sintonía.
"La Hora Familiar" tenía por director al Tío Alfredo, que satisfacía su "hobby" micrófonico sin desantender sus responsabilidades como propietario de una afamada marca de café: "Dos Americanos". Don Alfredo Da Silva - tal era su nombre - comandaba 60 minutos que pasaban volando por sus acertadas intervenciones y, especialmente, por la participación de dos pianistas que, desde distintos ángulos, practicaban repertorios sumamente agrabadables: Santiago Oneto, que trasladaba al teclado las melodías yanquis más en boga, y Pintín Castellanos, que en base a un oído prodigioso interpretaba tangos y milongas con el más franco beneplácito del auditorio.
Aparte de sus condiciones de particularísimo ejecutante, Pintín empezaba a sobresalir por esos años en la composición...también "a pura oreja" como a él le gustaba decir. A la edad de ponerse los pantalones largos produjo su primer tango - "El pirata" - un episodio de entrecasa que no resonaría más allá del hogar hasta muchos años después.
De esos compases partió un centenar de partituras populares, entre las cuales ninguna pudo acercarse al notable éxito de "La puñalada", cuyos primeros acores nacieron en una tarde de fines del 33 en que, con un entusiasmo rayano en la obsesión, el autor se entregó de lleno al omtivo de milonga que bullía en su cabeza.
Fue ése, sin duda alguna, el despegue de la fama de Píntín. Así como "La Cumparsita"domina en el área del tango, así también "La puñalada" es dueña y señora en los terrenos de la milonga.
Impuesta definitivamente por la magistral versión de D´Arienzo, la creación de Pintín accedió a colas de popularidad que rebasaron los niveles normales de un éxito consagratorio dentro de las melodías ciudadanas.
El varón treintañero de voz ronca y estampa vigorosa, imponía el sello de su presencia en las tardecitas de "La Cosechera" de 18 de Julio y Convención, desde cuyas puertas se convertía en el imán acaparador de miradas de jovencitas y maduritas, que aprobaban unánimamente la justicia del apodo: Pintín.
Ese físico atlético era la culminación de su afición al deporte, sobre todo en lo relativo a la natación y los saltos ornamentales. Así un día barajó en tertulias familiares y peñas amistosas, su propósito de realizar el llamado "Salto del Ángel" lanzándose desde la parte más alta de un muelle portuario. Aquello rozaba la locura, y todos quienes lo trataba le advertían sobre el peligro de tal prueba; pero ésa era una más de sus decisiones firmes, que con frecuencia exponía sin conceder derecho de debate.
A espaldas de los consejos de todos cuantos le querían, fijó una fecha para el ensayo: ni siquiera la recomendación de que antes consultara su ficha de identidad, para confirmar que había nacido en 1905 y tenía ya 30 años, pudo anular semejante resolución.
La noticia circuló por toda la ciudad; y el día determinado a la hora fijada, Pintín se presentó en la parte más elevada del Muelle B del Puerto montevideano, para ofrecer el emocionante espectáculo del valor y el arrojo mezclados con la armonía y la plasticidad.
Una multitud de curiosos había acudido a presenciar ese acto de vocación incontrolable, expresando un ¡Oh! de asombro cuando Pintín despegó, para prorrumpir en los segundos sigueintes en un aplauso fervoroso como premio de la hazaña.
Con una cordial sonrisa y manteniendo intacta su característica "peinada de gomina", Pintín agradeció las palmas y se retiró de la dársena como si nada hubiese ocurrido.
Autor artículo: Rebar (Raúl Barbero)
para Sábado Show - Diario El País - año 1995

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